sábado, 21 de marzo de 2020

2019 - III ULTRA TRAIL ALGARVIANA (300 KM Y 7000+) DEL 28 NOVIEMBRE AL 1 DICIEMBRE 2019.


CRÓNICA DEL ULTRA TRAIL ALGARVIANA (300 KM Y 7000 +)(ALUT)
DEL 28 DE NOVIEMBRE AL 1 DE DICIEMBRE DE 2019

La de 2019 ha sido la tercera edición de la ultra más larga de Portugal, la Ultra Algarviana (ALUT).  Se trata de una prueba de ultradistancia sin balizar, siguiendo el track en un dispositivo gps y que atraviesa Portugal de este a oeste, esto es, desde el pequeño pueblo de Alcoutim, en la ribera del Guadiana, hasta el faro del Cabo de San Vicente, pasando por 11 municipios del Algarve: Alcoutim, Castro Marim, Tavira, Sao Bras de Alportel, Loulé, Silves, Monchique, Aljuzur, Lagos, Portimao y Vila do Biospo. Son unos 300 km y casi 7000 + dando la organización un tiempo máximo para terminarla de 72 horas.  En las dos primeras ediciones el vencedor ha sido el mismo corredor: Joao Oliveira, un ultrafondista portugués con mucho nivel.

Desde la primera edición seguí los pasos de esta ultra a través de Internet y ya, en la de 2018, tuve la intención de inscribirme pero los 300 km y las muchas horas que preveía echar me hicieron dudar.  Durante el año 2019 me fui mentalizando para ello, más aún si cabe, cuando me suspendieron la otra gran prueba que tenía prevista para el año 2019, en el Pais Vasco, en septiembre, la Bocineros Deiadar Extreme de 200 km y unos 11000 +. Una lástima. Espero que en los próximos años la organización de la Bocineros reconsidere la posibilidad de volver a intentarlo.




Volviendo con la Algarviana.  Pues eso, a la vista de la suspensión de la Bocineros Deiadar, pensé que ya no había excusas para lanzarme a la aventura, saliera esta como saliera.   Este era el pensamiento que me rondaba durante buena parte de los meses de agosto, septiembre y octubre. Y en efecto, tras varios amagos y a pesar de algunos problemas con la inscripción (retrasos de la organización en contestar), al final acabé pagándola, sobre principios de octubre, y después de varias ultras de distancia intermedia en esos meses y la maratón de Jarapalos, ya a principios de noviembre, como prueba final preparatoria, en el Algarve me presenté a finales de noviembre de 2019 en su capital, Faro, con la única intención de terminarla, que no es poco.

 La Algarviana ha sido mi primera carrera más allá de las 100 millas y mi primera carrera sin balizar, solo con la ayuda de un gps para orientarme, siguiendo la ruta que previamente has cargado en el dispositivo, y con avituallamientos-bases de vida muy distanciados, la mayoría de ellos, entre 25 y 37 kilómetros.


Para esta ultra no realicé ningún entrenamiento nuevo, ni nada específico pensando en como afrontar esos 300 km y esas 72 horas como máximo que daban en la prueba.  Lo único que me preocupaba era la orientación a través del gps.  Aunque sabía que muchos llevaban los típicos gps de mano (garmin etrex 20x, etrex 10x o etrex 30x, por ejemplo), me decanté (error) por el Garmin Foretrex 601, un buen reloj de tipo militar pero que no sirve para orientarse bien o al menos, no lo supe interpretar.  Y si hice algún entrenamiento especial, fue precisamente para probar la orientación con ese Garmin, haciendo una pequeña parte del camino Mozárabe desde Málaga hasta Almogía y otro entrenamiento con dos compañeros del Trail Running Málaga por Carratraca (Bulla y Gustavo) y a primera vista, parecía que no era muy difícil el seguimiento. Pues no. Estaba equivocado.

El miércoles 27 de noviembre de 2019, salí por la tarde desde Málaga hacia el Algarve, con mi coche cargado de bolsas y mochilas.  Pasé la noche en un buen hotel cerca de Faro, en la turística Quarteira y por la mañana, antes de salir, comprobé y revisé que todo estaba en orden (frontales con baterías cargadas, móvil, gps, las distintas bolsas que iba a dejar, etc.).  Por suerte, aquella noche dormí bastante bien, sin pensar demasiado en la carrera.   No siempre me ocurre. Parece una tontería pero cuando uno va a pasar casi tres noches sin dormir, creo que es importante descansar en condiciones los días previos.




A las 13 horas nos recogió el autobús de la organización en la estación de trenes de Faro.  Un nutrido grupo de aventureros venidos de todo Portugal.  También algunos españoles, franceses y algún inglés.  Ya en el autobús pude hablar con alguno de ellos, sobre todo con un uruguayo residente en España y que repetía por segunda vez en esta épica prueba, poniéndome al día sobre algunos extremos de la Ultra Algarviana, según la experiencia vivida en el 2018.  También había una española, gallega, pero que competía con un equipo portugués.




El viaje se hace un poco largo.  Tuvimos que esperar a un corredor y cuando llegamos a Alcoutim, en la frontera con España, mi reloj marcaba las 15,30 hora local y a las 16,30 horas partía la carrera.  El autobús nos dejó en el centro del pueblo y andando, cargado con nuestros petates y bolsas, nos dirigimos a una carpa junto al río Guadiana. En esa hora había que ponerse en cola para recoger el dorsal y la bolsa del corredor (nos entregaron una sudadera muy chula de color gris pero distinta de los de la organización que era de color amarillo).  Junto al dorsal también te entregan una baliza que te acompañará durante toda la ultra, con lo que tienen a todos los corredores controlados en todo momento y doy fe de que nos siguieron en todo momento.  Luego tienes que buscar alguna silla libre y preparar definitivamente las bolsas que vas a dejar en las distintas bases de vida, ponerles la correspondiente etiqueta.  Luego hay que cambiarse de ropa y ponerse el “uniforme” de carrera, zapatillas, vaselina, colocación de dorsal, etc.  Y no hay mucho tiempo.  Creo que la organización debería recogernos una hora antes de Faro para no llegar tan estresados o bien retrasar un poco e inicio de la carrera.




En fin, mientras uno de los organizadores daba la charla técnica, en portugués obviamente, aproveché para comer algo, un poco de refresco de cola y membrillo.  Y sin solución de continuidad, todo el grupo se encaminó hacia un embarcadero donde nos hicieron fotos y videos de todos los tamaños y colores.   También toda la organización, con sus flamantes sudaderas amarillas, se sumó a las fotos.   Aquello no parecía una carrera, sino una gran familia, todos dispuestos a embarcarse, más que en una carrera, en una colosal aventura para cruzar algún desierto o algo por el estilo.   Y bueno, en cierto modo, es un largo viaje donde cruzamos un país de este a oeste y atravesamos las Sierras del Caldeirão, Espinhaço de Cão y Monchique. 




Minutos después todos estábamos colocados debajo de la línea de salida, dispuestos a sufrir y disfrutar a lo largo de ese periplo por la ruta algarviana.  En mi caso, siempre con alguna circunstancia que me distraía.  En este caso, era el gps que continuamente se me apagaba y no reconocía el track de la ultra.  ¡Malditos gadgets!    Y sin muchos preámbulos, desde una de las calles de Alcoutim próximas al Guadiana, sobre las 16,30 hora portuguesa, salimos.  Creo que, en total, había unos 68-70 corredores, más seis equipos compuestos, creo por 3 corredores, que salían por equipos una hora después.




Tras salir del pueblo, los primeros kilómetros van paralelos al río Guadiana siguiendo un sendero amplío de gran recorrido, el GR15.  Voy con buena cadencia y me acoplo con otro chaval con una camiseta naranja.  Los primeros han salido a un gran ritmo y en seguida los hemos perdido de vista.   Al poco giramos a la izquierda, buscando el GR13, la propiamente vía Algarviana.   Hago un inciso para comentar que, a lo largo de los próximos 300 kilómetros, encontraremos muchos postes y marcas señalizando la senda de gran recorrido de la vía Algarviana, y en mi caso, si bien no impidieron perderme en muchas ocasiones, si que me ayudaron en momentos de incertidumbre respecto a si seguía o no la ruta correcta.




El recorrido del inicio se realiza por un terreno fácil, con mucha pista forestal y con continuas subidas y bajadas.    Poco a poco, algún que otro corredor nos va adelantando pero la idea es no parar de correr y seguir avanzando.  Observo como el chaval de la camiseta naranja controla bastante el tema del gps a diferencia de un servidor.  Al menos, mi reloj, que ya funciona correctamente (al menos ya no pierde la conexión con el satélite) si me está marcando el track pero muchas veces no coincide exactamente con el recorrido y se aleja bastante de mi posición.  El problema vendrá cuando esté solo y no tenga ninguna referencia.  El primer avituallamiento está a unos 37 km de la salida, en uno de los muchos pueblos que atravesamos, Furnazinhas.

Enciendo el frontal y la noche va entrando.  La temperatura es agradable y me siento con fuerzas.  Dejó atrás al corredor de la camiseta naranja y poco a poco, las fuerzas y la carrera van poniendo a cada corredor en su sitio.   Vamos atravesando pequeños pueblos en los que hay que buscar el callejón que te lleve a la siguiente pista forestal, siguiendo el track que te marca la carrera y no siempre es fácil.    De hecho en los pueblos es donde más me despisto.  En algunas ocasiones, por tener a un corredor cerca, prefiero parar y dejar que otro me marque el camino.   Pero no siempre voy a tener esa suerte.  De hecho, en otro pueblecito en medio de la nada, no hay nadie y y como mi garmin no ayuda mucho, al final tomo un camino equivocado.  A los pocos metros, me ladran y me persiguen algunos perros y a unos 300 o 400 metros más adelante compruebo que me he equivocado.   Me giro 160 grados y veo frontales a mi derecha por otro camino paralelo.  Ni corto ni perezoso, arriesgándome a encontrarme con un canal o una valla o algo peor, subo el monte campo a través, a ciegas, abriéndome camino entre jaras, retamas y otras hierbas, para reincorporarme al camino correcto y por suerte, no sin dificultad, consigo alcanzarlo, perdiendo alguna que otra posición y gastando más energías de la cuenta.

En este primer tramo y en el siguiente, todavía más de madrugada, atravesamos muchos pequeños pueblos del interior del Algarve. Muchas son pequeñas aldeas, sin un alma que nos anime, como mucho el ladrido de algún perro o algún gato escurridizo que nos acecha desde su escondite.  De hecho, varios de aquellos pueblos fantasmas los atravesamos en el completo silencio de la noche, solo roto por el ruido de nuestras zapatillas. 

Otra cuestión importante es que son muchos kilómetros entre avituallamientos por lo que hay que comer y beber a menudo.  Al final decidí llevar 1 litro de agua y me equivoqué porque al poco tiempo tenía las dos botellas vacías.  En uno de los pueblos me encontré con voluntarios de la organización a los que pedí agua.  Por suerte, poco después, todavía sin salir del pueblo, encontré una fuente (agua potable?)y cargué los dos bidones.  Aún así llegué a Furnazinhas sin una gota de agua.   




Al perder varias posiciones, empecé de nuevo a adelantar corredores y volví a tropezar con el corredor de la camiseta naranja y decidí seguir otro buen rato con él.   Pero pasado un tiempo me doy cuenta que voy más rápido y casi sin darme cuenta me vuelvo a escapar y a encontrarme solo de nuevo y en otra bifurcación me vuelvo a perder.  Esta vez no tengo tanta suerte y cuando me percato que me he perdido, intento cortar por la tangente para volver al track correcto pero con la mala suerte que me tropiezo con una valla y una carretera.   No veo posibilidad de saltarla sin salir más o menos perjudicado.  No me queda otra opción que correr campo a través pegado a la valla para volver de nuevo a la bifurcación donde me perdí, mientras, muy a mi pesar, observo los frontales como van avanzando por el camino correcto pero en dirección contraria a la mía.   Al llegar a la bifurcación me encuentro con dos españoles que también se iban a perder.  Les aviso y los tres nos reincorporamos al track correcto.  He perdido muchas posiciones pero trato de no fustigarme demasiado.  No obstante, aprieto un poco más el paso y adelanto a unos cuantos corredores, hasta que llego a la altura de dos portugueses con los que comparto unos cuantos kilómetros.   Me comentan que ya han estado a varias carreras por España, como las Millas Romanas de Mérida o los 101 de la Legión.   Así, charlando van pasando los minutos.   Si en un pueblecito la organización no me dieron agua, hay que reconocer que en otro punto del recorrido donde era fácil equivocarse, nos estaban esperando para guiarnos y al pedirle agua, me ofrecieron un botellín.  Ya me quedaba poco para Furnazinhas.  Por cierto, avanzando, avanzando volví a encontrarme con el chaval de la camiseta naranja y juntos llegamos al dichoso pueblo, a casi 38,5 km de la salida.  Por la primera base de vida, Furnazinhas, paso sobre las 22,39 horas.  Llego casi deshidratado pero con buen ánimo y con idea de parar muy poco tiempo, puesto que no había dejado ninguna bolsa.  Recargué los bidones, comí algún dulce y poco más.   Ni que decir tiene que el avituallamiento estaba completo y  ya había corredores que se estaban cambiando de ropa y demás.  




Salgo de Furnazinhas con ánimo renovado y tras andar unos primeros cientos de metros por asfalto para asentar la comida, empiezo a correr de nuevo.   Sigo sólo.   Por detrás llevo una pareja que utilizo como referencia para saber que voy bien.   Luego me pasarán y seguiré su estela durante bastante tiempo.   En este tramo, nos adelantan los corredores que hacen la Algarviana por equipos.  Recuerdo que atravesamos el cauce seco de un arroyo y luego afrontamos una larga subida en la que adelanté a varios corredores.  La noche sigue avanzando y la temperatura resulta agradable, aunque, según qué zonas, se deja sentir cierta bajada de las mismas.  Continuo con fuerzas, corriendo en llano y en bajada y andando a buen ritmo en subida, apoyándome en los bastones.    A lo largo del camino, cada cierto tiempo existe un balizamiento (la marca del GR13) que indica que seguimos bien, es decir, que vamos por la vía Algarviana.  Entre ese balizamiento y el reloj gps que casi nunca atina, voy tirando.  Aunque este tramo me está resultando más cómodo para guiarme.  Todavía hay algún frontal por delante o por detrás que me sigue orientando.  Aún así, hay veces que dudo y en muchas ocasiones opto por detenerme un momento hasta que diviso algún frontal por detrás que me indica que voy por el camino correcto.

Y vuelvo a encontrarme con el corredor de la camiseta naranja.  En un primer momento me mantengo detrás de él y luego le adelanto.  Pero para mi sorpresa me vuelve a adelantar.  No le puedo seguir el ritmo y lo pierdo de vista y al llegar a otro pueblecito me desoriento.  Giro a la izquierda y entro en otro pueblo o aldea cuasi-abandonada, llena de perros que me ladran desde todos los callejones.  No veo ninguna marca del GR de la Algarviana.  Mejor darme la vuelta. Creo que por aquí no es- me digo.  Vuelvo a la bifurcación para esperar a otros corredores porque el gps no me aclara la ruta o yo no sé interpretarla.  De repente, empiezo a sentir mareos que achaco a los kilómetros realizados sin haber comido mucho.  Decido tomármelo con tranquilidad, parar y comer una barrita de avena e ingerir más líquido y, en efecto, poco después de comérmela  empiezo a encontrarme mejor.  A los pocos minutos aparecen 4 corredores que giran a la derecha y les sigo.  En esta zona hay tramos con mayor humedad y algún que otro sendero.  Van dos chicos y dos chicas, eso sí, los cuatro encuadrados en categoría veteranos; igual que un servidor. Llevan buen ritmo pero voy descansado y les sigo sin problemas.  Por cierto, las dos chicas no las volveré a ver hasta llegar a la penúltima base de vida, Barao de Sao Joao, cuando me sobrepasaron, consiguiendo ser, ambas, finisher de la ALUT.  




Por lo demás, apenas si tengo molestias y muy importante es que sigo comiendo y bebiendo sin problemas.  Sobre el tema de la hidratación, atravesamos bastantes pueblos y siempre hay alguno que tiene una fuente donde puedo recargar agua.  El primer frontal junto con la batería de repuesto mueren en la primera noche.  Menos mal que llevo cuatro frontales más, repartidos entre las distintas mochilas que he dejado en las distintas bases de vida.  Aún así me preocupa.  Espero no tener problemas en la tercera noche.

Y así, junto a los cuatro corredores llegamos a la siguiente base de vida, Cachopo, kilómetro 75,7, otro pueblecito, sobre las 4,50 de la madrugada del viernes.   La base de vida es una habitación pequeña, bastante caldeada, con varios voluntarios, y rodeada de mesas llenas de comida y bebida. También hay un sofá que invita a sentarse y descansar un rato porque a estas horas ya hace más frío y se agradece entrar en una habitación con una temperatura más acogedora.  Así lo entendieron mis cuatro compañeros ocasionales, pues aprovechando el sofá, se sentaron juntos para dar buena cuenta de alguno de los alimentos que había en esa base de vida.  Por cierto, al llegar me encuentro con el chico de la camiseta naranja y minutos después siguió su camino.  Sin embargo, algo le tuvo que pasar u olvidar porque volvió al rato.
Aquí, en Cachopo, he dejado mi primera bolsa.  Me tomo un batido recuperador de sabor chocolate y cargo otra barrita de avena.  Como bastante, creo recordar que un plato de pasta con vaso de refresco de cola, pero decido no descansar más de lo justo y me reincorporo en seguida a la carrera.  No quiero enfriarme demasiado. 

Al salir, todavía dentro del pueblo, me cuesta encontrar el camino para seguir el track de la carrera. Al final, doy con la pista forestal y empiezo una nueva subida hasta llegar a un cortafuego donde me vuelvo a despistar y acabo entrando en una finca privada.  Al menos no hay perros. Vuelvo otra vez sobre mis pasos, me desoriento varias veces más y por suerte, tras girar y girar la muñeca y el reloj, consigo dar con la pista correcta después de perder otros valiosos 20 minutos aproximadamente.  Tras una larga bajada, comienza una nueva subida y al final de la misma vuelvo a tropezar con el chaval de la camiseta naranja.  Esta vez va bastante lento y le paso sin problemas.  Ya no volveré a verlo más.  Creo que no termino la ALUT.

La noche sigue avanzando y me animo pensando que pronto va a amanecer.  Otra nueva bajada y vuelta a subir.  Vuelvo a estar totalmente solo. Por delante de mi no veo a nadie y por detrás ha quedado muy lejos el chaval y apenas si diviso algún frontal.    Creo que este tramo que va desde Cachopo (km 75) a Barranco do Velho es uno de los que más me gustó o del que más imágenes se han quedado grabadas en mi recuerdo.   Tal vez se deba a que fue el primer amanecer de la ultra, con bastante frío, sólo, sin ver a ningún corredor y casi a ninguna persona durante unas cuantas horas por un paisaje agreste y deshabitado.   También fue el encuentro con los madroños, ese fruto rojo y salvaje que iba alegrando y adornando el camino y el ascenso.  No probé ninguno por miedo a que me sentaran mal.  Como dato curioso, si nadie me corrige, los portugueses lo llaman “modroño”.




Durante este trayecto tuve menos problemas con el gps, entre otras cuestiones, porque no había muchas bifurcaciones y el track estaba bastante despejado.  Aún así, al llegar al pequeño pueblo de Castelao, al amanecer y con las manos entumecidas por el frío, tuve mis dudas sobre hacia donde seguir.   Tras pasar por el pueblo y después de una larga bajada, comencé un prolongado ascenso rodeado de árboles, sobre todo madroños mientras, entretenía la mente observando, a lo lejos, los enormes molinos de energía eólica, el campo y mucho monte, mientras despuntaban los primeros rayos de sol y las manos tornaban de un rosáceo cálido.   Al final, la pista forestal en su largo ascenso conducía a otro pueblo, Parizes, donde sino me equivoco, había un centro de interpretación de la vía Algarviana.  Cómo iba escaso de agua, me vino muy bien encontrar una fuente de agua fresca.    Cargué los bidones y me tome un sobre de bebida isotónica, sabor mandarina, de la marca Victory Endurance, que me suelen venir bastante bien y sobre las que ya he hablado en otras ultras.  Es una forma de ingerir líquido, sales e hidratos y además, está muy bueno. 

Y tras una pequeña tregua de unos minutos retomamos la marcha, ahora en descenso.  Tal vez por el frío o por los kilómetros acumulados mis piernas no responden muy bien.  Me duelen las rodillas y tengo las piernas como acartonadas.  Aún así, el descenso es bastante empinado y me dejo llevar.   Poco a poco nos vamos adentrando en un barranco rodeado de exuberante vegetación mientras el suave calor de la mañana va reconfortando. 

Desde que salí de Cachopo en el kilómetro 75 sólo he visto a un corredor al que adelanté.  Desde entonces voy completamente solo.  Nadie por delante, ni por detrás.  Por suerte, este segmento de Cachopo-Barranco do Velho de casi 30 kilómetros es el más fácil de seguir, pues no hay muchas encrucijadas y aunque a su manera, el reloj me ayuda a continuar por la ruta correcta.  La pista forestal que transcurre por el barranco tiende a llanear y en estos momentos de la ultra, me siento demasiado cansado por lo que trato de avanzar andando rápido.  Así pasa el tiempo hasta que llegamos a un duro cortafuegos donde una señal (no es de la carrera) indica que Barranco do Velho se encuentra a 1,8 km.  El calor empieza a apretar y la subida se me hace bastante dura.  Se me acelera la respiración y comienzo a sudar más de la cuenta.  Al llegar arriba, hay otra subida escondida en la siguiente curva y luego una bajada y por último, otro duro repecho.  Esos dos kilómetros finales para llegar al siguiente avituallamiento se me hicieron eternos pero, con mucho esfuerzo, llegamos a la siguiente base de vida de Barranco do Velho, kilómetro 104, a las 10,22 de la mañana del viernes 29 de noviembre de 2019. 

En el avituallamiento me encuentro con bastantes corredores. Uno de ellos me resulta peculiar puesto que va con un sombrero y le acompaña su mujer.  Por supuesto, está en plena forma y me adelanta fácil al salir de Barranco do Velho.  Otros dos corredores que también encontré en ese punto de control son los hermanos Silva que, para mí, serán determinantes para finalizar la Algarviana.   Por espacio de unos minutos intento comer todo lo que me entra por los ojos, pues aquí no he dejado mochila.  Cargo los bidones con una especie de limonada baja en calorías, que por suerte me sentó bastante bien.   Y al poco, me pongo otra vez en marcha hacia la siguiente base de vida de Benafim.   Hasta aquí la ultra había discurrido como una ultra más, a pesar de haberme desorientado varias veces.  A partir de aquí, sobre todo al llegar a Salir la cuestión se me complica.




Los primeros kilómetros de este nuevo segmento transcurren paralelos a la carretera por un sendero fácil con ligeras subidas y bajadas hasta que giramos a la izquierda y comienza una larga bajada por una vereda con bastante pendiente donde adelanto a varios corredores, entre ellos a los dos hermanos, y coincido con otro corredor que se había perdido y que me ayuda a encontrar el camino correcto.  Por este punto siento que voy por una zona que más o menos conozco pues no en vano, durante dos años seguidos (2018 y 2019) he corrido el Ultra Trilhos Rocha da Pena que sale desde el pueblo de Salir.  Y precisamente a Salir me dirigía pero antes hubo que cruzar la rambla de un río, varios senderos y distintos caminos.   En este trayecto recuerdo que un fotógrafo que iba en el coche me divisó a lo lejos. Detuvo el coche y salió del mismo, se tiró al suelo (o se arrodilló) ya no lo recuerdo, para hacerme varias fotos.  Ante tal entusiasmo no me quedó otra que ponerme a correr a todo lo que daba en aquel momento y así salió la foto, con una sonrisa de oreja a oreja y dándole las gracias al vehemente fotógrafo.    El momento surrealista de aquella mañana fue cuando me encontré con el corredor portugués del sombrero.  Se llama José Simoes y apareció por mi derecha por otro camino distinto al mío con aires como de ir de paseo y con una botella pequeña de agua en la mano. Me pregunta si sigo el track.  Le digo que si con la cabeza pero me sorprende esa pregunta.  ¿Cómo voy a poder seguir en carrera si no es siguiendo el track?.  En fin, se pone a correr y decido seguirle.  Observo que no tiene el track o, si lo tiene, no lo mira pero si que va siguiendo las marcas de la algarviana.  Ahora no sigo el gps y me dejo llevar por mi nuevo compañero.  Zigzagueamos por distintos caminos y senderos entre huertos y fincas.  Al final se adentra en un sendero asfaltado que conduce a una finca particular donde una señora y varios perros ladrando nos reciben. El portugués trata de callarlos echándole agua de la botella.  Luego le pregunta y la mujer le indica donde se ha perdido.  Volvemos sobre nuestros pasos y encontramos la marca. Y junto seguimos hasta que llegamos al pueblo de Salir.  Como siempre, al entrar en el pueblo el gps se vuelve loco y me siento muy desorientado.  Al pasar por un bar, mi compañero decide entrar a tomar una cerveza y me dice que me invita a otra.  Le digo que no y continuo mi camino.   Por suerte, vuelven a aparecer más corredores que me siguen orientando por las calles.  En la plaza del pueblo, cargo bidones en una fuente.  Jose Simoes vuelve a adelantarme y le sigo por el laberinto de calles hasta que, por fin, abandonamos Salir y ya si cogemos una carretera que no tiene mucha perdida.   Como digo este compañero está en plena forma y sigue corriendo.  En mi caso, decido avanzar un tramo andando y le pierdo de vista.  Antes de seguir, un pequeño inciso sobre José Simoes.  La razón por la que no sigue el track es por que no le hace falta. Se conoce la carrera. Es la tercera edición de la ALUT y su tercera participación y sólo tres corredores, después de la edición 2019, pueden presumir de haber sido finisher en las tres ediciones, siendo uno de ellos Joao Oliveira, el ganador de la Ultra Algarviana en 2017 y 2018. 

 Pero, por suerte, a pesar de perder la estela de Jose Simoes, vuelvo a sentirme acompañado de una pareja, un chico y una chica con muy buena equipación (muy profesionales) y bastante bien compenetrados.  Ambos, con sus gps de mano, parecen controlar en todo momento la dirección correcta por lo que me coloco detrás y me despreocupo de la ruta mientras siga con ellos.    Todo este tramo se realiza por asfalto y ocasionalmente por sendero, siempre llaneando.  Al cabo de cierto tiempo, el corredor tiene un apretón y decide parar pero no la chica por lo que me voy con la chica.   Sin embargo, marca un fuerte ritmo corriendo que al final me deja atrás.

Al poco, hay un giro de casi 360º y abandonamos la zona asfaltada para entrar en un sendero de tierra y piedra roja por una zona con vegetación media donde siguiendo las marcas de la vía Algarviana me vuelvo a perder para acabar dando una vuelta y volver al mismo sitio.  En fin, lo cierto es que al volver sobre mis propios pasos me encuentro con los hermanos Silva que, por un casual, se habían parado.  Me confirman que no es por donde dicen las marcas sino que hay que seguir de frente y subir por pista pedregosa que se divisa como una raya blanca en la verde espesura del monte.  Se trata de una dura cuesta los tres ascendemos juntos.  Luego giramos a la derecha buscando el pueblo de Benafim.   Son dos hermanos, uno se llama Joao Silva, el mayor y más bajo y el otro, Nuno que es más joven y sin embargo, bastante más alto, casi como yo o más.    Tras adelantarnos mutuamente por una zona árida y expuesta durante varios kilómetros, volvemos a seguir juntos, al trote hasta entrar en las calles de Benafim.




En Benafim, kilómetro 129 de carrera, vuelvo a encontrarme con Jose Simoes que sale en ese momento del avituallamiento.  Cada vez somos menos corredores.  Me encuentro con un chico que, al parecer, tiene los pies algo fastidiados pero cuenta con bastante ayuda, su mujer y sus padres.   De este lugar recuerdo unos pasteles energéticos de chocolate riquísimos.  Tomé otra bebida de recuperación, sabor chocolate, que había dejado para este avituallamiento y poco más.   Aún así, salgo el último y ver la estela de otros corredores.  Me siento perdido entre las calles del pueblo hasta que un voluntario me anima y me guía para encontrar la dirección correcta.   Como he comido bastante, decido andar durante varios kilómetros para que se me asiente la comida.  Al poco, adelanto a los hermanos Silva que se han parado.  Les pregunto si voy bien y me indican que si.  Avanzo y la carrera se adentra por una zona agreste de monte y tierra roja donde, por casualidades de la vida, el camino se encuentra balizado.   Tras la subida, nueva bajada y sigo a las balizas.  Llega un momento que hay una pista que gira a la derecha y otra, la de las balizas, que gira hacia la izquierda y el garmin que no me ayuda o no soy capaz de interpretarlo.  Lo cierto es que nunca voy sobre el track; como mucho, a veces me acerco a unos 200 o 300 metros.  En definitiva, que sigo las balizas pensando que las ha puesto la organización y durante una hora, sin saberlo, voy en dirección contraria camino de nuevo a Benafim.  Al salir a un camino asfaltado me extrañó ver marcas de la Algarviana pero más petrificado me quedé cuando dos miembros de la organización se acercan en una furgoneta para decirme que he hecho un bucle y que ahora, he vuelto a entrar en el track de la carrera.  Os podéis imaginar mi indignación y rabia.  Les dije que seguí las balizas que había.  Ellos me comentaron que esas balizas no eran suyas.  Que debo seguir las marcas de la Algarviana.  Lo cierto es que se despiden de mí y me vuelvo a encontrar como casi al principio.  Pero antes que venirme a bajo, la rabia que llevaba dentro me hizo apretar el ritmo.  En la subida por la vereda de piedras y tierra roja, me animó el hecho de hablar por teléfono con mi mujer y mi hija, circunstancia que me reforzó la moral.

Vuelvo al punto donde me despisté a causa de las balizas y después de un rato dando vueltas con el gps sin encontrar el camino, decidí seguir por la pista de la derecha. Cientos de metros después el gps me indicaba que iba en la buena dirección lo que se acrecentaba con la siguiente marca de la algarviana.

Sigo mi camino, atravesando una zona muy bonita de acampada y piscinas (Praia fluvial de Alte) y con mucho cuidado y suerte salgo bien parado atravesando el pueblo de Alte por el laberinto que supone seguir un track entre tantas calles.   Luego un tramo de sendero estrecho y con bastante piedra que zigzaguea por una zona de matorral y vegetación baja, hasta llegar a otra pedanía, donde por suerte, encuentro otra fuente en la que hago una pausa para tomarme otro sobre de isotónico.




Sigo enrabietado y voy a buen ritmo pero las dudas y las pérdidas son continuas y en este segmento se atraviesan muchas calles y pedanías donde es más fácil perderse.   Aún así, ya casi anocheciendo, encuentro una amplia pista de tierra donde se van divisando las marcas de la Algarviana y por donde resulta imposible perderse.  Son varios kilómetros donde me dejo llevar y me recreo corriendo a un ritmo bastante fuerte.  Recuerdo que tenía una molestia en la cadera derecha pero a fuerza de alargar la zancada se me acabó pasando.   Abandono la enome pista donde había disfrutado, me colocó el frontal porque ya es noche cerrada y sigo marchando con preocupación.  Al fondo diviso muchas luces y el bullicio de la carretera.   Poco a poco, me voy acercando a varios pueblos y a la autovía A-2 (escribiendo la crónica veo por Google Maps que la mayoría empiezan por Messines).  A pesar de encontrame bien y con fuerzas, cada desvío supone una indecisión, significa perder varios minutos de acá para allá, dando vueltas, hasta encontrar el camino correcto, si es que lo encuentro.     Tras abandonar otro camino de tierra entro, a la altura de una gasolinera, en el arcén de una carretera nacional bastante transitada.   A pesar de todo, el reloj algo me ayuda y entre las marcas y el Garmin voy teniendo suerte y sigo avanzando a pesar de todos los contratiempos.  De hecho, cuando el camino es fácil avanzo muy rápido corriendo. 
Tras correr varios kilómetros por un camino de tierra flanqueado por huertas y sembrados, llego a una carretera asfaltada donde me vuelvo a perder.  Cerca hay una gasolinera y aprovecho para comprar un refresco de cola.  Ya puestos le pregunto al encargado de la estación por la vía Algarviana y no me sabe responder.  Le pregunto por Messines y me dice que si, que está muy cerca, qué debo tomar esta carretera y luego otra. ¿Qué hacer?  Sigo dando vueltas y no encuentro forma de seguir.   Llamo a la organización pero no me cogen el teléfono.  Estoy desesperado.  Me planteo seriamente seguir en carrera.   En última instancia, decido volver sobre mis propios pasos y casi de por azar y casi media hora después vuelvo a encontrar el track de la ultra y alcanzo a ver nuevas marcas de la Algarviana. 

Trato de correr de nuevo, con más brío, con más coraje,  pero dos o tres kilómetros después me vuelve a surgir una nueva indecisión. Este tramo de la ultra desde Benafim a Sao Bartolomeu de Messines, de apenas 25 km. lo tengo grabado a fuego.  Recuerdo muchos lugares, momentos y paisajes, calles y cruces.  Por supuesto, en todos estos kilómetros no me encuentro con ningún corredor.  Es una lucha en solitario.

Tras subir por una cuesta empedrada,  progreso por la cuneta de una carretera que ya sí me lleva a la ciudad de  Sao Bartolomeu de Messines.  A diferencia de los otros avituallamientos situados en pequeños pueblos, Messines es una ciudad bastante grande donde localizar el avituallamiento iba a ser más difícil. En el reloj ya me marca el punto exacto del mismo y a él me dirijo.  Me cuesta encontrarlo.  No hay indicaciones, ni flechas, ni nada.  Casi estoy encima del punto y no lo localizo.  Al final, lo logro.




Entro en el avituallamiento bastante cabreado pero a la vez feliz de haber llegado a Messines (km. 155) sobre las 20,55 horas de viernes 29 de noviembre de 2019, es decir, con más de 28 horas de carrera. Allí vuelvo a coincidir con Jose Simoes y con los hermanos Silva.  Hablo con la organización. Les digo que les he llamado. Asienten pero nada más. Otro chico de la organización, sin embargo, se esfuerza en hablar conmigo en español. Me indica que tengo que seguir el track porque la ultra, a veces no sigue las marcas de la algarviana. Le enseño el reloj y me dice que lo suyo era llevar un gps de mano de tipo etrex 20 o 30. Si, ya lo sé pero es lo que tengo.
  
El avituallamiento está ubicado en la primera planta de un edificio, en una sala amplía.  Hay corredores tumbados en esterillas, tratando de dormir o descansar algo.  En mi caso, me encuentro bien, sin falta de sueño pero obviamente con el cansancio acumulado de los primeros 150 kilómetros de carrera. 

No pierdo el tiempo y descanso unos minutos mientras como un plato de arroz blanco y varios trozos de pollo con un vaso de refresco de cola que, muy amables, me sirven miembros de la organización.   Entonces hablo con Joao Silva (en ese momento no conozco su nombre, ni siquiera que son hermanos) y les pregunto si puedo ir con ellos, puesto que me pierdo continuamente a causa de mi gps.  Me comenta que lo va a hablar con su hermano Nuno pero ya me advierte que éste tiene un problema en la rodilla derecha y lo más seguro es que vayan a un ritmo lento.  Le digo que no hay ningún problema.  Mi objetivo es terminar la Algarviana.




Minutos más tarde me dicen que si. Que dentro de un rato van a salir y que no les importa que vaya con ellos. Ellos han podido dormir y descansar durante una hora aproximadamente. En cambio yo no. A partir de este momento, mi carrera cambia radicalmente.  Mi único objetivo es terminar la ultra y quedo supeditado a los tiempos que ellos me vayan marcando.  Lo bueno es que voy más tranquilo y más despreocupado.  Los dos hermanos llevan gps y parecen dominarlo.  Saldríamos aproximadamente sobre las 10 de la noche del viernes 29 de noviembre.  Hace frío, vamos abrigados y apenas nos alumbra la luna.

Otra diferencia fundamental a partir de ahora es que no estoy solo y el tiempo transcurre más rápido pues no paramos de hablar durante todo el trayecto hasta el siguiente punto de control en Silves, kilómetro 182 de carrera.   Hablamos de muchas carreras, de ultra trail de medio mundo, de material de trail running, de distintos corredores, y por supuesto de los corredores de la Algarviana.  Al principio, todo parece indicar que el ganador vuelve a ser Joao Oliveira.  Sin embargo, este corredor acababa de terminar otra ultramaratón en Brasil y tal vez, no estaba lo suficientemente recuperado.  Otro corredor con opciones es Paul Giblin que ya quedó segundo en la primera edición.  Nuno parece estar al tanto de todos los corredores y me comenta que la pareja muy bien compenetrada que me adelantó después de Salir.

Avanzamos parsimoniosos pero aún así, conseguimos adelantar a un corredor que va más lento que nosotros.  Este segmento de la ultra atraviesa lugares muy hermosos, el río Arade y una zona de embalses (Albufeira da Barragem do Funcho) pero al ser noche cerrada apenas distinguimos la oscuridad del agua y como el camino serpentea por los barrancos adyacentes al pantano.    De vez en cuando, Nuno me anima a correr.  Le digo que no, que gracias, que voy bien con ellos.  Al cabo de cierto tiempo, nos adelanta una corredora que se saluda con los hermanos portugueses.  Se llama Cidalia Martins y el año pasado ya fue finisher de la Ultra Algarviana.  Aunque nos adelanta, al final nos unimos los cuatro y avanzamos juntos.    Abandonamos la zona cómoda de pista y empezamos continuas subidas y bajadas por sendero de piedra y arena.   Recuerdo que en la subida final nos animan varias personas que han preparado una enorme fogata.  A partir de este momento, Cidalia es que la que toma la cabeza del grupo y yo detrás.  La chica lleva un reloj de muñeca (no el típico gps de mano que llevan casi todos) pero parece orientarse bastante bien.  Atravesamos una zona con mucha humedad y vegetación y un sendero muy poco transitado. Son continuas subidas y bajadas en lo más profundo de un bosque.   Me siento perdido y desorientado y parece que no avanzamos, como si estuviésemos en un bucle infinito.   Mi cuerpo está fatigado y la falta de sueño comienza a debilitarme.  Trato de no pensar demasiado.  Estoy como loco por llegar a Silves y tumbarme un rato para descansar.

Cidalia marca, cada vez, un ritmo más enérgico y los hermanos portugueses se quedan atrás.  En un sendero de bajada la chica pisa mal o se hace una torcedura.  Lo desconozco. Parece que se ha hecho daño.  Me acerco pero le resta importancia y seguimos.   Y sobre las 3,56 de la madrugada del sábado 30 de noviembre, Cidalia y yo llegamos al siguiente avituallamiento, Silves, kilómetro 182 de carrera.

Es una sala amplia, con calefacción, casi en penumbra y en silencio, apenas roto por el susurro de las conversaciones entre los voluntarios.  A un lado varias mesas con los alimentos sólidos y líquidos del avituallamiento (dulce, salado, arroz, pollo atún, café, chocolate, etc.), con los voluntarios con las sudaderas amarillas de la organización, y al otro, unas cuantas colchonetas donde varios corredores y también voluntarios duermen, o al menos, descansan.   Busco una colchoneta próxima a los baños, me quito las zapatillas y me tumbo.  No me llego a dormir pero me sirve para aliviar la fatiga acumulada de tantas horas y kilómetros.

Creo que estuve recostado por espacio de una hora y aunque no llegué a dormir, me reconfortó ese descanso.  Sin embargo, la carrera continuaba y había que seguir.  Me cambié de calcetines, tomé una bebida de recuperación de mi mochila y luego desayuné otro plato de arroz con pollo y un café.  Los dos hermanos también se estaban preparando y al cabo de unos 15 o 20 minutos salimos a la gélida mañana mientras despuntaba un nuevo amanecer. Lástima por Cidalia, nuestra nueva compañera que, por problemas en el tobillo, creo, decidía retirarse en ese punto.




El nuevo segmento de la Ultra Algarviana, de unos 32 kilómetros, nos conducirá a la zona con mayor elevación y desnivel, subiendo a la Sierra de Monchique para llegar al pueblo del mismo nombre.   En seguida nos amanece,  y tranquilos, en fila de a uno, vamos progresando.  Es un terreno árido y yermo, con amplios campos quemados por los incendios del verano, por veredas antiguas, con continuas subidas y bajadas y siempre divisando al fondo la zona más alta y rocosa de la Sierra de Monchique.  En portugués, Nuno, a lo largo de todo este tiempo que estamos juntos, varias veces me comenta que todo el Algarve es igual, es decir, una especie de infinito monte ondulado que no para de subir y bajar y decorado con mucha vegetación media.  Asiento con la cabeza. 

Este es un tramo que, a diferencia del de Benafim a Mesines por las continuas pérdidas y del del Mesines a Silves por ser noche cerrada y estar muy cansado, disfruto mucho más.   Apenas siento molestias y el frío de la mañana me ayuda a sentirme mejor.  Además, mis ánimos se sienten renovados tras hablar a primera hora con mi mujer y mi hija y explicarles mi situación y que voy acompañado con dos hermanos portugueses.

Dejamos el sendero por el que hemos transitado en un continuo ascenso y tomamos una amplia pista forestal con prolongadas bajadas y llaneo.  En condiciones normales, hubiese avanzado corriendo bastante rápido pero en ese momento entendía que iba en grupo y debía esperarlos.  Como me explica Joao, la rodilla de Nuno sufre más en las bajadas.  No importa, le digo. Vamos al ritmo que marque.  No obstante, me encuentro bien y sin correr, solo andando rápido, casi sin darme cuenta me voy separando de ellos hasta que, al cabo de varios kilómetros, me detengo en la cuneta o me siento en alguna piedra o barandilla a esperarlos y así avanzamos hasta llegar a los pies de la enorme sierra.

Nos reagrupamos en el último tramo por asfalto, giramos a nuestra izquierda y comenzamos la subida atravesando una bonita arboleda con varios puentes de madera que cruzan una ribera de aguas transparentes.  Según me cuentan, estos puentes no estaban el año pasado por lo que los corredores de la ALUT 2018 (supongo que también en la primera edición) tuvieron que calarse hasta las rodillas con lo que luego supone a efectos de ampollas y problemas varios en los pies (uñas). 




La subida nos conduce por un sendero estrecho a unas casas en ruinas, un pequeño poblado deshabitado hace mucho tiempo.  En el interior de las casas aún queda alguna silla, los restos de una chimenea, etc.  Allí nos perdemos y es Joao, comprobando el gps, el que indica que hay que regresar sobre nuestros propios pasos y buscar el camino correcto.  Aunque bastante escondido, logramos dar con la estrecha vereda que zigzaguea por la sierra.   Durante esta subida empiezo a tener mucho calor y me sobra todo.  Se me acelera el corazón y la respiración.  También comienza a soplar un recio viento.   Por fin llegamos a un terraplén donde hacemos una leve parada y tras el terraplén ascendemos y avistamos una pequeña hondonada con vegetación baja y enormes piedras.  También hay algunas casas aisladas.    Precisamente de una de estas casas salió enloquecido un enorme perro ladrando en dirección a nuestra posición.   Es un perro grande y negro y no viene precisamente a saludarnos.  Nos protegemos con los bastones como si de soldados se tratara.  Por suerte, el perro no llegó a abalanzarse sobre nosotros aunque nos llevamos un buen susto.  Detrás del perro salieron dos adolescentes, un chico y una chica, que consiguieron amarrarlo y llevarlo de nuevo a su parcela.
  
Tras el pequeño sobresalto, volvemos a subir por un nuevo sendero muy vertical.  Hace mucho calor y mi pulso se acelera.  Tal vez sea este uno de los momentos en los que peor lo pasé de toda la ultra.  Además, apenas si tengo agua y en este tramos no hemos visto ni una fuente.  Joao se adelanta y nos deja atrás.  Nuno se rezaga.  Voy entre los dos hermanos.  La subida es bastante larga.  A mitad de la subida, Nuno se detiene y se sienta en una roca.  Parece que no puede continuar.  La rodilla lo está machacando más de la cuenta.  Sin decir nada, Joao, con cristalina determinación, coge su gps, le cambia las pilas y me lo presta para que yo pueda seguir en solitario.  Me explica el funcionamiento básico del modelo gps garmin etrex 30 y me comenta que él tiene la intención de quedarse con su hermano.  Me lo entrega con tal vehemencia que siento que se puede ofender si lo rechazo.  No sé qué hacer ni qué decirles. Pienso que si se encuentra tan mal, lo suyo sería llamar a la organización para que vengan a recogerlo.  De todos modos, nos quedan pocos kilómetros para llegar a Monchique y ahí puede pensar qué hacer o lo puede ver un médico.  Tal vez sea un dolor pasajero y con un poco de reposo puede continuar.  De todos modos, no sé porqué pero al darme el gps supe que esa aventura en solitario no iba a llegar muy lejos, tal vez porque luego me cogerían o yo me acabaría extraviando o porque, sencillamente, el avituallamiento estaba cerca y allí me los encontraría o por que, tal vez, Nuno hubiese pasado ese momento de bajón físico y/o moral. En fin, lo dicho, no sé qué decirles, salvo darles las gracias.  Siento que es una relación entre hermanos y no soy quien para animar a Nuno a que siga o a que haga esto o lo otro.   Me despido de ellos, casi más con gestos que con palabras y con una sensación agridulce, sigo la ascensión, pero ahora con mi nuevo dispositivo y la responsabilidad que eso conlleva.  Según voy subiendo los observo, allí, parados, junto a una roca a pleno sol, hablando.   La luz del sol dificulta la visibilidad de la pantalla pero aún así, resulta mucho más fiable que mi garmin foretrex 601.  

Al llegar arriba el track de la ultra nos conduce por una carretera estrecha a través de una arboleda con algunas construcciones y viviendas.  En una de ellas, en la pared de una arqueta sombría, descubro un grifo.  Decido parar y tomarme, con esa agua fresquita de la sierra, otro sobre de bebida isotónica, sabor mandarina, de Victory Endurance.  Cargo los bidones y al iniciar la marcha me giro y los veo venir a los dos hermanos.  Ya me lo decía! Nos saludamos de nuevo, nos reímos y acto seguido le devuelvo el gps.  Continuamos la subida los tres juntos.  El tiempo va cambiando y el cielo se va encapotando sobre la Sierra de Monchique y el punto más alto, el pico da Foia con sus 902 metros de altitud.  Si bien no cruzamos por ese punto sino que el track de la Algarviana nos conduce a otro pico, Picota (773 m).   Según ascendemos, las vistas hacia la izquierda son espectaculares. Se divisa Portimao y el río Arade con su gran ensanche antes de llegar al océano, también Lagos y muy a lo lejos se atisba el Cabo de San Vicente, final del destino de esta aventura.  




Al llegar al punto más alto de la ultra, Picota, nos recibe entusiasmado nuestro amigo fotógrafo, Joao Delgado, que nos hace unas cuantas fotos que siempre son bien recibidas.  El tiempo sigue cambiando y cada vez hace más fresco.  Ya algún voluntario nos comentó que posiblemente iba a llevar en la última noche de la Algarviana.  Y ahora, tras un tramo de piedras algo técnico, una rápida bajada hasta el pueblo de Monchique.  Sigo ágil de piernas y a pesar de la brutal travesía realizada hasta ese punto, bajo fácil y sin apenas molestias. En cambio Nuno, que sube bien, le cuesta mucho bajar debido al dolor de la rodilla.  No obstante, realizo varias paradas para seguir con ellos.

Al llegar al pueblo, nos cuesta ubicar el siguiente avituallamiento. Varios portugueses están siguiendo la carrera con sus coches y ellos nos indican la dirección a tomar para llegar al avituallamiento de Monchique. Conseguimos localizarlo junto al parque de bomberos.  Apenas es un pasillo de entrada al edificio donde han colocado dos colchonetas y varias mesas.  No obstante tienen de todo.  Hay tres voluntarios que nos reciben con amabilidad y nos ofrecen lo que tienen.  Por este punto de control, Monchique, kilómetros 214 de la ultra, transitamos a las 15,05 horas del sábado 30 de noviembre y nuestros cuerpos ya llevan casi 48 horas batallando contra la mente, la fatiga y el sueño.  Desde que salimos de Silves no hemos visto a ningún corredor, si bien los voluntarios de Monchique nos indican que detrás todavía vienen unos cuantos.  Lo cierto es que todavía nos quedan muchos kilómetros y el tiempo va pasando por lo que, con cierto tacto, trato de apremiar a mis buenos compañeros portugueses.  La rodilla inflamada de Nuno parece que sigue funcionando.   No recuerdo exactamente que comí en este avituallamiento pero, por regla general, desde el avituallamiento de Mesines (kilometro 150) mi alimentación consistió básicamente en pollo, arroz blanco o atún.




Nuestro próximo destino es Marmelete, a unos 16 kilómetros.  Tras afrontar una dura subida llegamos a una yerma planicie donde sopla un frío y recio viento.  Ahora sé que muy cerca de ese punto, a nuestra izquierda, dejamos atrás el pico Foia, el punto más elevado de la Sierra de Monchique  (902 m.) y que junto al de Picota (773 m.), son las dos sierras que flanquean el pueblo de Monchique.

El tiempo sigue cambiando pero a peor. Abandonamos la carretera y avanzamos por un sendero, pasando por varias pesadas compuertas metálicas para evitar que se escape el ganado.  Luego el sendero se convierte en pista forestal y además del viento, se incorpora a nuestra odisea una espesa niebla y mucho frío.  Nos detenemos y tanto los hermanos Silva como uno mismo, tratamos de abrigarnos.  Mi chaqueta Bonatti no abriga demasiado pero trato de moverme aunque no lo suficiente para evitar alguna que otra tiritona.  Seguimos avanzando por la agreste sierra acompañados del frío y del viento y también del ruido de las enormes aspas de los grandes molinos de energía eólica.  Las descomunales aspas se mueven a gran velocidad, casi asustan, y silban y silban al compás del incesante viento.




Comenzamos el descenso por pista forestal.  En muchos tramos voy trotando para soltar piernas aunque luego tenga que esperarles un rato en alguna bifurcación.   Las marcas de la algarviana son bastante visibles y sin darme cuenta me vuelvo a despegar de los hermanos Silva.  Enciendo el frontal porque ya la noche se va cerniendo sobre nosotros.  El silbido de los molinos desaparece, la temperatura asciende y el viento apenas llega a la entidad de soplo.  Pero estos 16 kilómetros hasta Marmelete no lo van a poner fácil.  Como me encuentro mejor, tal vez porque el frío me ha activado, sigo trotando pero al cruzar una carretera y tomar un nuevo descenso por una pista de tierra fina comienza a llover.  La pista se adentra en un denso bosque.  Al principio, las gotas de agua brillan a la luz del frontal y apenas empapan el impermeable. Se trata de una lluvia fina que, incluso, se agradecía, pero, poco a poco, empezó a hostigar con más fuerza hasta calarnos.  Tras cruzar el bosque, llego a una explanada en la que me siento perdido.   Había varias máquinas de carretera y decido esperar a mis compañeros.  La lluvia ha tornado en chubasco y los tres, calados por esa lluvia fría, nos encontramos y seguimos por otro camino.  Ahora viene una larga subida por una pista estrecha.  La lluvia sigue apretando y, sin darme cuenta, solo queriendo llegar pronto a un lugar cubierto, elevo el ritmo pensando en que estoy muy cerca del avituallamiento y que siguiendo ese camino no tendré problemas para dar con el pequeño pueblo de Marmelete.  Sigo estando equivocado puesto que en otra bifurcación, al no tener claro la dirección, decido esperarlos.  Les vuelvo a esperar y algo resignado, entramos juntos en las calles de Marmelete.  De nuevo, los voluntarios, desde su coche nos indican que el avituallamiento está al final del pueblo.

Por  el avituallamiento de Marmelete (kilómetro 230 de carrera), ya noche cerrada, transitamos a las 19,47 horas del sábado 30 de noviembre, con un tiempo en carrera de más de 50 horas.   Se trata de una especie de local para actos sociales, con tarima incluida.  Como siempre, los voluntarios, con sus flamantes sudaderas amarillas, nos atienden con mucha amabilidad y presteza.  Vuelvo a comer lo mismo de siempre (pollo, atún y arroz) con un vaso de refresco de cola.  También tomo otro sobre de recuperador de la marca Victory Endurance, sabor chocolate.  Aprovecho el momento para cambiarme la ropa interior, restregarme bien de vaselina y cuidarme los pies.  Por ahora, después de tantos kilómetros, mi cuerpo, sobre todo, mis piernas y pies, apenas se han quejado.  Aún así, no quiero mirar demasiado.  Veo que por algunos dedos de mis pies asoman enormes ampollas inyectadas en sangre pero lo importante es que las tolero y apenas si me molestan.  Lo desconocía pero mis compañeros portugueses cuentan con una buena asistencia.  Se trata de la pareja de Nuno.   Por supuesto, que en este tipo de ultras, la asistencia de un familiar o un amigo puede suponer una gran ayuda, sobre todo, a nivel mental.   Y en el caso de Nuno, con la rodilla maltrecha, esa compañía podía serle de gran refuerzo mental.  Seguimos sin ver a ningún corredor desde que el sábado de madrugada saliéramos de Silves.




Tras más de media hora en aquel punto de control, los tres partimos en busca del siguiente segmento de la ultra camino del penúltimo avituallamiento de la ultra: Barao de Sao Joao.  Como siempre, los primeros metros, al salir, son difíciles, al cambiar el calor acogedor de la calefacción po la fría intemperie del exterior.  En mi caso, tras alguna tiritona voy entrando en calor.  Este tramo es todo llano pero son 36 kilómetros, tal vez demasiados, después de los que llevamos en el cuerpo.  Y si, creo que fue este tramo el peor para todos.

Recuerdo que al salir, Joao nos iba indicando la ruta por las callejuelas de Marmelete. Veía como él seguía con su gps nuestra trayectoria y el track de la ultra, identificando calles y más calles en la pequeña pantalla del etrex 30.  En cambio, en mi reloj sólo se distinguía una flecha, que es la que me representa y una línea (el track de la ultra) y nada más, con el agravante de que indicaba que mi ubicación estaba alejada del track más de 500 metros.  Imposible seguirlo.  Al salir del pueblo, tomamos la cuneta de una carretera nacional con algo de tráfico.  Sigue lloviendo con fuerza.  Me siento desorientado.   Si no fuera por la ayuda de mis compañeros portugueses, estas entradas y salidas a los pueblos, así como muchas otras bifurcaciones …...

Abandonamos la carretera y tomamos una pista de tierra con bastante barro.  Deja de llover y poco a poco la temperatura resulta más agradable.  Las nubes van desapareciendo y la oscuridad del firmamento se hace clara y visible, y también las estrellas.   Tal vez sea una tontería pero una de las cosas que más disfruto en los tramos nocturnos de las ultras es contemplar el cielo estrellado, obviamente, siempre que el sendero o el camino me lo permiten.  Es en esos momentos cuando me siento afortunado por tener la fuerza mental y la salud para poder realizar estas aventuras.  Algo parecido me ocurre con los atardeceres y el amanecer.

En estos primeros kilómetros volvemos a charlar animadamente de nuestras experiencias en carreras, aventuras, etc., casi todo relacionado con el mundo del atletismo y el trail running.  Es en esta conversación cuando en realidad me entero que ellos son hermanos y que viven en una casa de dos plantas en una ciudad cerca de Oporto (Trofa), una planta para cada hermano y que, generalmente, suelen ir juntos a las mismas ultras.   Me hablan mucho de la ultra Serra da Freita.

Salimos de la pista embarrada y avanzamos por carretera. A diferencia de otras ultras donde si he sufrido bastantes alucinaciones, en esta ocasión, tal vez por el acompañamiento, apenas si me han afectado.  De hecho, cuando en la oscuridad de la carretera había alguna luz extraña o fantasmagórica, preguntaba a mis compañeros portugueses si ellos también la veían o si era una alucinación mía.  Me respondían con una sonrisa que si, que ellos también la estaban viendo.

Andar rápido por una carretera desierta en plena noche resulta agotador y anodino pero cuando las piernas y el resto del cuerpo llevan más de 55 horas sin parar, sin dormir, sin apenas descansar, la travesía se convierte en una auténtica tortura.  A ello hay que sumar una nueva y dolorosa sensación, una desagradable quemazón en los pies.  Trato de trotar de vez en cuando, de hacer estiramientos, de mover los dedos de los pies, etc. pero todo esfuerzo se hace inútil.  Cada paso es como si cientos de pinchos se clavaran en la planta del pie y así un paso y otro paso.   Intento caminar por la zona de tierra de la cuneta pero tampoco hay resultados.   Junto con la subida a Monchique, este es el otro momento de crisis que tuve en la Algarviana, amen de las desorientaciones y bucles en el segmento de Benafim a Messines. 

Recuerdo que este tramo, sin duda, se me hizo el más largo y duro. No paraba de preguntar a Joao cuantos kilómetros habíamos avanzado y cuantos kilómetros nos quedaban.  Parecía como si cada kilómetro fuese eterno.  A veces íbamos juntos, en otros tramos, separados o bien se adelantaba Joao o Nuno o este que escribe.  En algún tramo tropezamos con enormes charcos que ocupan todo el camino.  A veces buscamos alternativas para evitar mojarnos pero la mayoría los sorteamos como buenamente podemos.  De vez en cuando Nuno me animaba a correr y a seguir mi camino.  Asentía pero mis fuerzas también estaban al límite.  Tal vez se sintiera algo “culpable” por ralentizar, a veces, nuestra marcha y me impulsaba a seguir a mi aire.  Aprovechaba para decirle que gracias a ellos iba a conseguir terminar la Algarviana.  Recuerdo que durante estas largas horas iba admirando el pundonor de Nuno en querer seguir y terminar la Algarviana.  No recuerdo exactamente a partir de que momento la cojera se hizo más que evidente pero si que, durante estos 36 kilómetros el esfuerzo y sufrimiento al que se enfrentó fue muy superior al nuestro.  Les preguntaba por el dolor de pies y a ellos también les estaba pasando. 

¿Por qué hago esto? ¿Qué me impulsa a pasar este sufrimiento? Releyendo el libro de Dean Karnazes, Ultramaratón, en cierto modo, hago mías sus reflexiones. Podría dar muchas respuestas y razonamientos pero básicamente lo hago porque no me gusta seguir el camino fácil, lo hago para salir de la rutina, para vivir experiencias y acumular recuerdos, lo hago para conocer nuevos horizontes y nuevos paisajes, para paladear el descanso y la satisfacción por lo conseguido y por que tal vez, la vida se hace una pizca más hermosa y un poquito más apasionante.  Lo hago porque me gusta la soledad y porque a la vez es un modo de encontrarme a mi mismo, en definitiva, lo hago para sentirme vivo. Y, ¿Qué es la vida?; sino la infinita concatenación de recuerdos.  Tras esta pequeña reflexión sobre el significado de correr una prueba de ultradistancia con tanto sufrimiento y a pesar de que apenas consigo trasmitir al lector ni el 50% del sufrimiento real, puesto que nuestra mente, en cuanto, terminamos creo que hace un borrado selectivo de todo aquello que nos ha pasado, pues en cuanto llegamos a meta, con la satisfacción y el orgullo de haberlo conseguido, casi todo se olvida, y uno sigue auto-convenciéndose que aún puede llegar más lejos.  

Seguimos avanzando, en el silencio de la oscuridad, viendo luces que no son, solos con nuestros pensamientos y acompañados por el ruido de nuestros pasos.  De repente, una luz parece acercarse demasiado deprisa.  Luego  son dos.  Nos damos cuenta que es un vehículo del que salen varias personas o tal vez no sean personas sino solo una alucinación.  Nos vamos acercando. Si, son reales, no son seres en pijama que levitan sobre el asfalto, son los voluntarios que ya hemos visto en otros pueblos y que se paran a animarnos y a hablar con nosotros. ¡Increíble! ¡A esas horas de la madrugada!

Reconfortan esos ánimos y nos sacan de la rutina.  Nuno vuelve a encabezar el grupo con su visible cojera e impone un fuerte ritmo. Luego se ralentiza y me deja a mí para que siga tirando.  Dejamos la carretera y nos adentramos en otra pista de tierra.  Sigo andando rápido y sin darme cuenta los dejo atrás.  El dolor de pies, el cansancio y la falta de sueño me están matando.  Necesito llegar y tumbarme un rato, descansar y cerrar los ojos.   Aprieto el paso pero luego me acabo deteniendo y los vuelvo a esperar.  Me siento en el muro de un puente hasta que llegan los dos hermanos.  Se sientan conmigo y Nuno me enseña el móvil con el seguimiento de la Algarviana en el que aparecen todos los corredores y la ubicación exacta de cada uno.  La verdad que, como después de Silves no hemos vuelto a ver a ningún corredor, desconozco nuestra posición en carrera, si vamos los últimos, si se han retirado muchos por delante o por detrás de nuestra posición.  Ahí me señala como el programa nos indica que vamos en la posición 19 de la ultra.  Me alegra saber que no lo estamos haciendo nada mal, a pesar de todo.  Supuestamente, por detrás, bastante lejos, vienen más corredores.




Seguimos andando y sin mucho esfuerzo me vuelvo a despegar de mis compañeros portugueses.  Esta vez sigo avanzando, pensando que me quedaba poco para llegar a Barao de Sao Joao y allí nos volveríamos a juntar. Son varios kilómetros en solitario hasta que llego a un nuevo pueblo, Bensafrim, donde el gps me vuelve a confundir.  Tras idas y venidas por distintas calles sin encontrar el track correcto, algo desesperado y a la vez enojado, me vuelvo a sentar en el muro circundante de una casa para esperar a mis compañeros portugueses.   Un hombre de avanzada edad me habla y me anima en portugués.  De sus palabras deduzco que sabe de la carrera que estamos realizando y los kilómetros que nos quedan para llegar a meta.   Por cierto, estando sentado en aquel muro, sentí las alucinaciones más fuertes y casi las únicas de la Algarviana. Justo enfrente, la fachada de una casa se convertía en un mosaico de cuerpos semidesnudos que se contorneaban de forma voluptuosa como incitándome a unirme a su orgía.  No obstante, como ya tengo experiencia con estas cosas, traté de despejar y concentrar la mente y apartar aquellas extrañas imágenes, de tal modo, que lo que parecía un aquelarre de seres del inframundo no eran más que piedras decorativas superpuestas en la portada de aquella casa.




Al cabo de un buen rato, diviso los frontales de Nuno y Joao.  Nos saludamos y les explico que me resultaba imposible seguir y que para estar dando vueltas, prefiero esperarlos.  Están cansados y se sientan conmigo.  Después de cierto tiempo, levantamos nuestros anquilosados cuerpos y seguimos.  Justo al salir de Bensafrim, se presenta la furgoneta de la organización para comprobar si seguimos bien.   Supongo que como me han visto dar muchas vueltas y luego detenerme, se han acercado a ver qué me pasaba.  Al menos, nos tranquiliza saber que la organización nos vigila y trata de cuidarnos y de encaminar nuestros pasos.

Los últimos kilómetros hasta Barao de Sao Joao son interminables  a través de una pista de tierra suelta que serpentea por zonas de huertas y de cultivo pasando junto al Parque Zoológico de Lagos.  Además, en este último tramo empiezan a dolerme mucho los tibiales, supongo que por la fricción durante tantas horas de correr y caminar.  Por fin, dejamos atrás la pista de tierra y salimos a otra carretera y ahora sí, a nuestra izquierda se alzan las casas blancas tenuemente iluminadas por las farolas, del pequeño pueblo de Barao de Sao Joao.   Aunque nos cuesta localizar el local donde la organización ha ubicado el avituallamiento, al final, extenuados y hambrientos, llegamos al siguiente punto de control, Barao de Sao Joao, (kilómetro 266 de carrera) sobre las 5,35 horas de la madrugada del domingo 1 de diciembre de 2019, casi 60 horas de carrera.

El local es pequeño y allí se mezclan varios corredores y voluntarios.  Me preguntan si quiero algo de comer y les digo que lo único que quiero es tumbarme y descansar.  Trato de apartarme y buscar un lugar lo más tranquilo posible para intentar dormir un rato sobre una esterilla, pero el lugar elegido no parece el mejor porque detrás de mi, los voluntarios entran y salen por un gran ventanal que llega hasta el suelo.  Además, también hay un imponente perro negro que pasea por la habitación.  En definitiva, las circunstancias propias para no dormir nada. Sin embargo, lo que en mi mente fueron varios segundos en realidad supuso casi una hora de sueño profundo. En efecto al levantarme veo el reloj y ya han pasado más de 50 minutos. ¡No me lo creo! Aunque parezca una tontería esos minutos de descanso me dieron la vida. 




Me levanto y los tres nos miramos.  Me siguen doliendo mucho los tibiales pero no soy el único. Un miembro de la organización me rocía los tibiales con un spray de frío local.  Noto como se contraen y en seguida siento una leve mejoría. 

Todavía nos queda un largo trecho para terminar. Hay que seguir. Con mucho esfuerzo me vuelvo a calzar las zapatillas, me levanto e intento comer algo.  Tengo hambre y desayuno de lo que hay, sobre todo, chocolate y un café.  Algún corredor nuevo entró en este avituallamiento durante ese tiempo, entre ellos, dos corredoras, Flor Madureira y María Ferreira, las mismas corredoras que me acompañaron la primera noche en los últimos kilómetros antes de llegar a Cachopo (km. 75).

Siendo todavía noche cerrada, con mucho viento y frío, reemprendemos la marcha por las calles de Barao de Sao Joao.  A lo lejos se divisan los frontales de las dos chicas, Flor Madureira y María Ferreira, que han salido justo antes que nosotros.  Tras pasar por algunos tramos de subidas y bajadas en los que, sobre todo Nuno, muestra que, a pesar de la rodilla, sigue con bastante fuerza.  Cruzamos el Parque Nacional de Barao de Sao Joao y seguimos llaneando, deteniéndonos, de vez en cuando, para hacer nuestras necesidades fisiológicas.

Amanece por aquellos parajes y arboledas, sembrados de los gigantes molinos de viento (parque eólico) que siguen zumbando y silbando al compás del fiero viento.   El frío me vuelve aliviar la inflamación de las articulaciones y a restañar los dolores. Empiezo a sentirme mejor y la claridad del nuevo día impulsa ese optimismo.

A lo lejos sigo divisando a nuestras competidoras y como adelantan a otro corredor.  De nuevo, andando, me voy alejando de Joao y más al fondo se queda atrás Nuno.  Mi espíritu competitivo me anima a seguir y acercarme a los corredores que van por delante.  Y de repente, las nubes se ciernen sobre aquellas tierras y empieza a llover con fuerza.  Esa lluvia me impulsa a avanzar más rápido para entrar en calor y también beneficia el alivio de las articulaciones o al menos, eso pienso, porque el dolor de los tibiales parece haberse evaporado. Y a todo ello hay que sumar la alegría de contemplar un precioso arco iris en esa fría mañana de diciembre invitándonos a seguir luchando por nuestros sueños.




Me voy acercando a un nuevo corredor con impermeable azul al que estoy a punto de adelantar.  Estando en ese trance, nuestro querido fotógrafo Joao Delgado nos vuelve a retratar por ese paso.  Me siento en un momento de euforia y fuerzas.  Además, acabo de hablar por teléfono con mi familia y trato de transmitirles esa alegría y la gesta que estoy a punto de concluir. 

A lo lejos se divisan varios pueblos, el primero Raposeira, por el que no llegamos a entrar y el segundo Vila do Bispo, nuestro siguiente punto de control y avituallamiento.  Pero el track de la ruta nos desvía y nos hace dar un buen rodeo y aunque tengo algunos problemas con el track debido a mi dichoso gps, sigo bien y animado.   Llegando a Vila do Bispo me vuelve a llover con fuerza hasta el punto de que me obliga a agachar la cabeza y protegerme con la capucha del impermeable.   Por detrás, a unos minutos vienen mis compañeros portugueses.  Entro en Vila do Bispo y no sin dificultades, consigo localizar el pabellón donde se aloja el siguiente avituallamiento, kilómetro 289, llegando sobre las 12 horas de la mañana del domingo 1 de diciembre, con 67 horas en carrera.   Antes de entrar me saludan y animan algunos corredores, entre ellos, el vencedor de las dos ediciones anteriores y tercero en esta de 2019, Joao Oliveira, todo un campeón. Aprovecho para comentar que el ganador de esta edición fue el inglés Paul Giblin.




En el interior hay mucha gente, entre voluntarios, organización, corredores que ya han terminado y familiares.  Distingo, entre otros, a la ganadora femenina, Patricia Carvalho y algún que otro corredor que subió con nosotros en el autobús de Faro.   Algunos me saludan y me dan la enhorabuena.  Busco un lugar donde sentarme y una voluntaria se me acerca para ver lo que quiero.  Como siempre, un poco de pollo y arroz, le digo.  Y al momento me lo trajo.   Estando sentado se me acercó José Simoes, que me animó.  Le pregunté como le había ido y me dijo que la había terminado en 59 horas.  Y que ya son tres las Algarvianas que lucen en su pecho.  Lo dicho, todo un campeón.   En fin, disfruto de esos minutos saboreando la comida, con la certidumbre de que la Algarviana ya la tengo en el bolsillo aunque todavía me quedan unos 12 duros kilómetros.  En realidad, no tenía mucha hambre pero era una forma justificada de hacer tiempo para ver si venían mis compañeros. 

No obstante, los minutos van pasando y el impulso de continuar la marcha y terminar la aventura, después de tantas horas, me apremian a salir del pabellón y a seguir mi camino.   Justo en la salida me encuentro con mis buenos compañeros portugueses, acompañados por la pareja de Nuno.  Nos saludamos y nos animamos mutuamente.   Como digo, me falta muy poco y el impulso por terminar es muy fuerte por lo que sigo caminando.   Supongo que si tardan poco tiempo, en seguida me cogerán, si no me pierdo antes.  Una voluntaria de la organización me avisa de que son unos 13 kilómetros muy largos y que mentalmente se pueden hacer muy duros pues, desde muy lejos siempre se divisa el faro pero, a pesar de caminar y caminar, parece que nunca vas a llegar. 

Me voy alejando del pueblo de Vila do Bispo, con la compañía de las otras dos corredoras, Maria Ferreira y Flor Madureira.  Me adelantan y en cierto modo me sirven de guía para terminar este último segmento de carrera.   Sigue soplando el viento y la temperatura es agradable.  Luce un tibio sol de invierno.  Me encuentro bien, sin haber sentido durante toda la ultra problemas estomacales, salvo molestias en algunas articulaciones, como por ejemplos, los tibiales.   Transito por una zona árida con vegetación baja.  Dejo atrás el sendero y giro a mi izquierda, en paralelo a los acantilados.   Luego tomo una carretera asfaltada y cada vez me voy aproximando al faro que se atisba en el horizonte.  A lo lejos, mis dos competidoras se van paulatinamente alejando.   Por estas carreteras próximas al Cabo de San Vicente, me vuelve a provocar una sonrisa de alegría uno de los fotógrafo de la ALUT, Joao Delgado, y aunque estoy muy cansado me obliga a trotar varios trechos. 




En fin, a pocos kilómetros giro a la derecha para encarar el último tramo de la Algarviana.  Llamo por teléfono a mi mujer y a mi hija para que compartan conmigo esos momentos de satisfacción y por que el esfuerzo y el sufrimiento padecido han merecido la pena.

Justo antes de llegar me saludan y animan algunos turistas y miembros de la organización y al llegar a las proximidades del faro, una afable voluntaria, con su reluciente sudadera amarilla, me coge de la mano para entrar juntos en meta.  Me hizo varias fotos con su móvil pero no he conseguido localizarlas en las redes sociales.  Me colocó la medalla de finisher y me entregó también una gorra.   Y casi sin dejarme respirar, me condujo a un pequeño avituallamiento en uno de los locales de las instalaciones del faro donde tomé asiento junto a las dos corredoras.   Comí un trozo de bizcocho mientras observaba los pies de mis predecesoras en meta, con varias pompas inyectadas en sangre, muy parecidas a las mías.

Al rato, después de saludar y estrechar la mano a mis compañeros portugueses, los inefables Joao y Nuno, que acababan de llegar y a los que agradecí su trato y compañía, un voluntario me buscó un vehículo particular para llevarme al pabellón de Vila do Bispo donde me pude duchar y descansar.   Ya en el pabellón empecé a asimilar la aventura vivida y seguí compartiendo momentos y vivencias con otros corredores y alguna que otra corredora como por ejemplo, la española, de Galicia, Elena Domínguez González que también había conseguido terminar la Algarviana.    Aguantando el sueño volví a charlar con Joao y Nuno, con los que me despedí, deseándoles buena suerte en sus nuevas aventuras, asegurándoles que, tal vez, en alguna de ellas, volveríamos a coincidir. 

Y fin de la historia y crónica de mi paso por la Algarviana 2019, con algunos kilómetros de más, pero con un ingente bagaje de recuerdos y vivencias que han quedado grabadas a fuego en mi mente.